
Hoy pensamos la vida entre amigos
que nos explican la dureza sin tregua de lo imposible.
Hoy imaginamos mundos posibles, amigos posibles
amores posibles que nos expliquen
quiénes somos.
Y el silencio de las cocinas.
Hoy
espejos cóncavos, infinitos espejismos,
bucles retroalimenticios más allá del horizonte
que afianzan nuestras razones
para habitar sólo el cuarto de estar.
Y el silencio tornasolado de las cocinas.
Hoy
la salmodia mecánica del acordeón dice:
“¿para qué sirven los niños?”
Y nos recita el relato que nos configura, diciendo:
“yo
soy
yo”
Y el silencio, siempre el silencio de las cocinas.